La vida urbana en Mesoamérica estuvo caracterizada por la contribución que tuvieron los habitantes para el desarrollo de sus culturas a través del desarrollo de templos en los cuales elaboraron materiales para su sostenimiento tales como clavos, columnas para darle firmeza a las construcciones, morteros, techos de piedra. Otro aporte importante en la arquitectura fueron las construcciones en forma piramidal.
La diversidad social a lo largo de Mesoamérica estuvo caracterizada por la cooperación en los intercambios comerciales pese a existir una gran cantidad de etnias. En cada región existía una organización de jefes religiosos, militares, artesanos y campesinos.
Tan pronto como llegaron a lo que actualmente es México, los conquistadores tuvieron contacto con distintos pueblos y pudieron observar diversos asentamientos humanos, algunas veces desde los navíos, otras directamente. El primer contacto con las ciudades dejó impresionados a los recién llegados, pero ninguna causó tanta admiración como la gran Tenochtitlan, imponente por los grandes edificios del centro ceremonial, por sus importantes obras hidráulicas como canales, acequias y calzadas. Sin embargo, la organización urbana de la capital de los mexicas formaba parte de una larga tradición de ciudades mesoamericanas cuyos orígenes se remontan hacia el periodo Preclásico (2500 a.C.-200 d.C.).
Por otro lado, las ciudades en Mesoamérica también fueron representaciones del cosmos. Un ejemplo de ello es Teotihuacan: a través de sus ejes rectores, la Calzada de los Muertos y la Calzada Este-Oeste, tuvo una configuración cuatripartita propia de la cosmovisión mesoamericana, tal y como sucedió con la traza de Tenochtitlan siglos más tarde. En gran medida, las distintas orientaciones de las calzadas y los edificios en los asentamientos estaban definidas por la posición de cuerpos celestes, principalmente el sol, pero también algunas estrellas o grupos de ellas.
De igual forma, las ciudades fueron reproducciones de la geografía sagrada. Por ejemplo, los grandes basamentos piramidales eran representaciones de Montañas Sagradas donde residían los dioses patronos de la comunidad y desde donde emanaba el poder del gobernante mesoamericano. Algunas de estas montañas artificiales eran los centros de poder y eran reconocidos como tales por toda la población sujeta a una capital.
Cabe señalar que las distintas culturas mesoamericanas crearon términos en sus lenguas para definir sus propios asentamientos, el más conocido de ellos es el de altépetl en náhuatl, que se forma de los vocablos atl, ‘agua’ y tepetl, ‘cerro’. Se trata de un difrasismo que expresa la unión de dos conceptos fundamentales para la vida nahua, y que ha sido trabajado en otro amoxtli por Federico Navarrete. Los mayas, por su parte, utilizaron la expresión ch’e’n, concepto polisémico que puede significar cueva, pozo o ciudad. A partir de lo anterior, resulta interesante la relación entre los conceptos de cueva y de ciudad, pues muchas culturas mesoamericanas tenían la idea de que los distintos grupos humanos habían surgido de cuevas, por tanto, cada ciudad sería el punto de origen del pueblo que lo habita, pero también es la entrada a la Montaña Sagrada, lugar donde residen los ancestros y las riquezas como el agua y el maíz que dan sustento al ser humano.
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